El Pesimismo Instalado (Crítica Esperpéntica)

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El Pesimismo Instalado (Crítica Esperpéntica)

Mensaje por Delossks el Jue 04 Dic 2014, 22:26

El Pesimismo Instalado
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De entre todas las actitudes posibles que uno puede tomar en la vida, a todos parece que el pesimismo es la peor a elegir; pues no cabe duda de que infunde un gran malestar en la persona que lo toma.

Todo comienza con una nimiedad, algo que en un día cualquiera no nos sale bien, y podría quedarse perfectamente ahí, sería lo más sensato; pobre la persona de la cual se apodera el pesimismo, sufriendo los latigazos de la conciencia. Es un fuego interno que hierve el globo de los pensamientos, tornándose nefastos y lúgubres.

El pesimismo instalado se cobra la vida de su huésped cual virus mortal, retroalimentándose con cada suspiro, con cada tropiezo, que se traduce en desgana del individuo por su alrededor, llegando incluso a arrastrar a alguien a su círculo infernal de decadencia. Decadencia es la palabra, con la que se comienza a trillar para intentar sacar el poco grano que le queda al cuerpo.
Siempre vamos a buscar el último suspiro, una gota de agua en el vaso que consiga aplacar nuestra sed, jugar ese as en la manga que llevamos guardando hasta que un momento así llegase, un comodín… Todo el mundo ha pensado, que existía un punto de control, que podíamos pulsar el botón de reseteo, o que la vida era como un vehículo de autoescuela, que alguien pisaría el freno cuando estuviésemos a punto de cometer algún error. Nada de eso.

A veces llega un momento en que el perro se pregunta por qué persigue su propia cola, hasta el inepto se da cuenta de cuán absurda puede ser su vida, todo por culpa del pesimismo instalado… que diría mi conciencia en estos momentos: “He visto ciudades caer ante mis ojos, he dicho adiós a una pequeña gran parte de mí, numerosas veces, y he contemplado cómo otros abandonaban su existencia; y en ninguna ocasión mostré signo alguno de tristeza, tan sólo palabras que enmascaraban esa esencia interior que es el sentimiento. Pero ahora ya son párrafos mayores, cuanto más próximo se encuentre el objeto de mis pensamientos, mayor facilidad para sucumbir a las emociones tengo. Y es en este mismo momento, escuchando las retóricas que expresan exactamente lo que pretendo decir, cuando impactan contundentemente contra mí.

¿Qué me hizo dejar de manifestar el dolor? ¿Qué me apartó de expresar las emociones? Tal vez fue mi mente, la que hizo que mi cuerpo fuese la coraza de mi razón, la cual merma a cada día que pasa, cada paso me adentra en un lugar más lúgubre a pesar de ver la luz del sol”
Esto me trae siempre a la misma encrucijada: Si escojo el primer camino, puedo desandar el camino ya hecho, fingir que no hay nada en mi mente, al fin y al cabo la autoafirmación nos hace seguir adelante en la mayoría de los casos, ya sea para bien o para mal cuando lo primero nos falla y nos damos cuenta de que sólo crea más y más angustia.

El segundo camino suele ser tras la vuelta del primero, puesto que nadie es capaz de rendirse de buenas a primeras, el ser humano tropieza dos veces con la misma piedra, pero a la tercera probablemente vuelva a tropezar, o si fue inteligente, la apartó del camino; no esquivar, sino apartar, así nadie más tendrá que preocuparse porque un obstáculo haga acto de presencia. Cada cual lo interpretará a su manera, mas, ¿Cuál es la mía? “Elimina aquello que elimine tu sonrisa” decían por ahí.

Lo que hay que tratar es de salir del momento de pesadumbre, quizás el hecho de no concienciarse de lo que venga después es el mismo que nos ayuda a seguir ciegamente hacia delante; evidentemente, esto no es ni mucho menos el modelo a seguir, pero suele decirse que “situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas” además, ya habrá tiempo de reajustar la perspectiva de la vida. Tan sólo es lo primero que me planteo tras echar la vista atrás y toparme con los momentos más oscuros de mi pasado; momentos que bajo ningún concepto deben repetirse o acabarían en tragedia.

Espero haber ahondado lo suficiente en el pesimismo, en una desesperación subyacente a un imbécil terco que se exigió demasiado en un momento, preso de los delirios de grandeza, de creerse un leviatán por conocer lo suficiente para destacar en una realidad ya obsoleta. La vida debe ser algo más que el pasar de los días sin ánimo, aun sabiendo que no es fácil; no podemos negar el yo soñador que propone cosas tan excéntricas como es querer entender algo que no sabemos dónde empezó. Esas virtudes que apostamos por que enseñan a vivir, sí que se obtienen, no especularé cuándo por no enroscar más de lo necesario la materia gris; después de todo, hasta el vitalista menos cuerdo se las ingenió para superar su propio nihilismo, con esas contemplaciones de la voluntad de poder… Sin desacreditar lo que este señor dijo, yo me dirijo a George Ward, quien dijo que “El pesimista se queja del viento, el optimista espera a que amaine, y el realista ajusta las velas” Si algo está equivocado, pues se cambia y ya está; lo “menos malo” de la filosofía de vida, es que una vez me contaron, que hay personas que mienten desmesuradamente y acaban creyéndose sus propias mentiras. Como solución al pesimismo instalado, voy a pensar que si sonrío tantas veces al día, acabaré creyéndome mi propia felicidad.

Y como en las conclusiones siempre se llevan la palma los grandes, acabaré con esto:
“El estudio y, en general, la búsqueda de la verdad y la belleza conforman un área donde podemos seguir siendo niños toda la vida” -Albert Einstein

Esto es tan cierto ahora como cuando fue escrito.


Vicente Buitrago Serrano
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